Entre los retratos realizados por Goya a lo largo del verano de 1783 y 1784 abundan los que representan a María Teresa de Vallabriga y Rozas, la esposa del infante don Luis de Borbón. El aragonés la había retratado ya durante su primera estancia en Arenas de San Pedro, pero además de ese cuadro, que evoca los retratos de medallas y relieves de la antigüedad, el infante encargó también uno de busto, no menos acorde con las exigencias del neoclasicismo, donde aparece la joven esposa casi de frente. Para romper una exagerada rigidez en la composición, Goya dispone a María Teresa con un ligero giro hacia la derecha. Con los hombros caídos, y con los pliegues simétricos que describe la manteleta y también con una paleta restringida, basada en el blanco y los tonos grisáceos, evoca el pintor claramente la iconografía de un clásico busto de mármol, definido con agudeza ante un fondo oscuro. Goya retrató a María Teresa en este cuadro con el cabello empolvado y su atuendo enriquecido por una elegante mantilla, en cuya brillante superficie se aprecian destellos de luz. La prenda está ribeteada por una piel que cruza todo el busto, aumentando así la sensación del ligero giro que describe su cuerpo, al que se enfrenta el espectador en un directo vis-à-vis. En el aspecto material, Goya aplicó una técnica muy cuidada que le permitió aprovechar las cualidades que la superficie esmaltada ofrecía para resaltar la belleza de María Teresa, en cuyos ojos sugiere, con unos toques blancos, la viveza del personaje. Además, en el análisis técnico que realizó al cuadro en 1992 se encontró en la zona de los ojos un dibujo subyacente; alrededor de los hombros se aprecian arrepentimientos, así como también cambios en el diseño de la vestimenta. En un primer estado María Teresa de Vallabriga lucía un traje más a la francesa, parecido al modelo que lleva la condesa de Benavente en el retrato que le hizo Goya en 1785, y que en estado definitivo desapareció bajo la elegante manteleta.